20 de diciembre de 2012

Una Navidad de Ensueño



Los tiempos están revueltos, difíciles, complicados, negros y descorazonadores, pero no por eso hay que dejar de soñar ni perder la ilusión, entre todos podemos tirar adelante y recuperar parte de esa inocencia que una vez tuvimos cuando fuimos niños.
Hoy estos crecen rápido, la fantasía a quedado en segundo plano pero ahora y ya que llegan fiestas donde lo que importa es creer y querer junto a los que amas os dejo este mini relato navideño:



Una Navidad de ensueño

No había imaginado salir tan tarde ese día pero tanto daba, tal y como estaba todo era un lujo que aún conservase un puesto de trabajo al que acudir cada día.
Una vez atravesase la puerta de casa serían las doce y con ello habría llegado el día de Navidad, hacía frío y no había un alma por la calle, subió al coche rogando por que arrancase y no la dejase tirada y enfiló por la desierta avenida.
Era extraño, casi extraterrestre encontrar esa concurrida vía sin un solo coche atestándola, no había claxons sonando, intermitentes parpadeando ni tubos de escape soltando humos a la atmósfera. Sólo ella y la música del equipo junto al ronroneo forzado del frío motor. El cristal empañado reflejaba las gotitas de la fina llovizna que había caído horas atrás, los limpiar barrieron con sus rítmicas pasadas y Ona bostezó cansada.
Cuando abriera la puerta del piso éste estaría vacío, frío y oscuro. Desde luego era una estampa deprimente oyendo las animadas voces y el calor que salía tras las puertas de las demás viviendas donde la luz y los brindis se sucedían uno tras otro, música alegría y alguna que otra pena.
Aparcó en la calle y subió despacio por las escaleras quitándose el abrigo, metió la llave en la cerradura sin ánimo y entro dejando a un lado la prenda. Sus pies avanzaban solos en dirección a la habitación pero en el último momento cambio de opinión y fue hasta el salón, dio la luz y casi se queda sin aliento cuando ésta desveló la realidad.
__Feliz Navidad cariño__ sonrió Jordi parado frente a la mesa perfectamente dispuesta.
El salón estaba adornado, la calefacción puesta y una suave melodía salía del reproductor, olía a caldo y carne en salsa y Ona no pudo evitar las lagrimas que acudieron a sus ojos.
Se tapó la boca con las manos tratando de reprimir el gritito de sorpresa y saltó abrazándose al cuello de Jordi que le alcanzaba una copa de vino que casi derrama por culpa de su efusivo abrazo.
__Creí que estarías fuera...
__Y debía, hable con David y lo entendió, hasta él mismo fue a casa de los suyos. Recordé lo que me contabas de cuando eras pequeña, de las navidades que perdiste y se como te gustan estas cositas__ golpeó con el dedo una de los muñeco bolitas que pendían del arbolito que había acomodado sobre el mueble.
Ona miró las lucecitas y adornos y volvió a besar a Jordi bebiendo un poco de vino.
__Últimamente te veía tan apagada y estábamos tan lejos que supe que debía hacer algo, y a valido la pena__ sonrió viéndole la cara.
__es fantástico Jordi__ decía llorando de pura felicidad__ Pero todo esto... el dinero...
__Olvídalo nena, la vida son dos días y nos matamos a trabajar sin disfrutar, sin un capricho para poder pagar, las cosas están mal pero si nos tenemos todo es mejor. Eras tu la que decías que para ser feliz no hacía falta mucho, sólo ilusión, ganas y esfuerzo. ¿Para qué necesitamos tantas cosas? Disfrutemos de esto y ya mañana veremos como lo afrontamos. No has descansado en meses y estas rendida.
Ona lo besó con los labios trémulos y se sentó como le pedía, ambos cenaron entre recuerdos, risas y alguna que otra tontería, cuando terminaron de saborear su cena de navidad, ambos se acurrucaron en el sofá mirando el iluminado salón lleno de color, guirnaldas y espumillones.
Hecharon la mantita por encima y Ona cerró los ojos con una sonrisa en los labios sintiendo las caricias de los dedos de Jordi en su brazo. ¿Había algo mejor que aquello? Sí, lo había no lo sabía ni lo recordaba.
Estaban allí, los dos y nada importaba ahora salvo ese regalo de vida que Jordi le había dado cuando todo parecía carecer del más mínimo sentido.
Con poco bastaba para ser felices, tenían un techo bajo el que descansar, comida que llevarse a la boca y unos brazos donde refugiarse cuando todo era oscuro.
No tendrían televisores de lujo, ni ropa de marca o última tecnología pero se tenían a ambos y mientras pudiesen seguirían adelante con deudas o sin ellas por que lo que jamás les quitarían era la ilusión de poder sentir que seguían siendo libres para decidir sobre la vida que querían vivir.
Con lo justo podían apañárselas y el tiempo diría, pero ahora iban a aprovecharse y soñar un poco más mientras la voz de los niños de al lado terminaban de cantar en décimo villancico de la noche arropados por el amor que brotaba de ambos.


Feliz navidad a Tod@s.


Leila Milà

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