17 de febrero de 2011

El Portal del Castillo del Tiempo .- Capitulo 12


  • En el pajar de una casita de montaña, abajo estaban los animales – reí – Tenía diecinueve años – no sé porque le contestaba pero bueno…
  • ¿Te gusto?
  • Si… ¿Y la tuya?
  • Dieciséis años, con una amiga de mi madre. Me doblaba de largo la edad.

Le miré girándome apoyada aún en su torso.

  • Lo dices como si no hubiera sido nada especial… como si no fuera importante…
  • Soy de un sitio distinto Yumi, es todo muy diferente allí, es algo normal no tiene más.
  • ¿Nunca has amado a nadie?
  • Hay muchas formas de amar, el deseo también es una forma de amar. Pero tú no hablas de ese tipo de amor ¿verdad? – me miró y negué con la cabeza – Yo no sé nada del amor.

Me entristecí.

  • Qué triste… vivir eternamente así…
  • ¿Por qué? – me miró desconcertado.
  • Parece que siempre estéis de juerga perpetua, no os preocupa nada vivís sin más, al límite, sin reglas, quiero hacer esto pues lo hago, me quiero follar a esas cinco pues vale… eso también es aburrido, se llama rutina, repetición… aunque así os evitáis heriros. Aún así… creo que debería ser algo especial… no deja de ser un modo de compartir algo…profundo y básico a la vez. No digo que de vez en cuando te des el gustazo pero no se…

Él no dijo nada.

  • ¿Quién te ha hecho daño a ti?
  • Nadie.
  • No les dejas siquiera acercarse. Así tampoco vas a vivir, solo pasaras por este mundo sin pena ni gloría, hay que sentir, disfrutar, el sufrimiento y el dolor forman parte de vuestra vida y tiene sus cosas buenas, alegrías, momentos bonitos… no sé.

Suspire.

  • ¿Tu mejor beso?
  • No pienso responder eso – me ruborice al recordar esos labios suyos, no podía admitir que el suyo había sido el mejor beso de mi vida y que aún me temblaba todo al recordarlo - ¿Y el tuyo?
  • Sólo te lo diré si tú respondes luego.
  • ¿Y cómo sé que vas a decir la verdad?
  • Tendrás que arriesgarte – sonrió travieso.

Cedí, tenía curiosidad, él me puso un dedo debajo de la barbilla y acerco su rostro.

  • Me jode admitirlo pero… el tuyo no tiene igual.

A parte del soponcio inicial en el que deseé ser engullida por el sofá me dio la risa y le di un golpecito en el hombro.

  • ¡Qué mentiroso! ¡¿Y crees que voy a creérmelo?! Ese truco es muy viejo – reí él seguía serio y fui dejando de reír – Anda ya… ¿en serio? pero con la de diablesas y mujeres con las que habrás estado… - me callé – Que no, que no… que no me lo creo…
  • Seré un diablillo Yumi pero no miento – giró la cara algo molesto con un cierto rubor en las mejillas.
  • Vale… perdona – le gire la cara hacía mí poniéndole la mano en la mejilla, su piel era tan suave… electrificante – Mi mejor beso… - inspiré para coger valor –Me lo diste tú capullin. Ya esta, ya lo he dicho – carraspeé – Y no empieces a chulear de que los de los simples mortales no se pueden comparar contigo…
  • No iba a hacerlo – sonrió entre divertido y malicioso.

Eso me encantaba, su media sonrisa maliciosa… me lo comería Aisss él me sentó sobre él a horcajadas, cara a cara. Me movía levantándome como si nada.

  • ¿De verdad no te has quedado conmigo?

Negó con la cabeza apartándome el pelo.

  • ¿No tienes curiosidad por lo que paso en la torre, no quieres saber nada de por qué pudiste entrar? ¿No quieres aprender a usar tus poderes? Llevas toda la vida deseando que la magia existiese de verdad y ahora que la tienes delante de las narices haces caso omiso ¿te da miedo?
  • No
  • No eres una loca ¿Qué es entonces? – me acarició la mejilla echándome el pelo atrás rozándome distraídamente la nuca con los dedos.
  • No es tan descabellado que quiera seguir con mi vida normal… yo no sé nada de todo esto…
  • Ya veo. Pero eres lo que eres, nada puede cambiar eso, está en tu ser, en tu sangre. Eres una brujita traviesa.
  • Ya pues ten cuidado no vaya a sacar la bola de cristal y te haga desaparecer – reí pero a él no le hizo tanta gracia – Vale… no soy tan graciosa como creía. A ver… ¡¿qué interés puedes tener tú en que quiera aprender?! Más bien te conviene que siga así, puedes hacer lo que quieres y no puedo impedírtelo.
  • ¿Y no te preocupa eso?
  • No.
  • ¿No? ¿Por qué?
  • Porque no organizaras ningún cataclismo.
  • No deberías fiarte tanto de mí… tienes demasiado buen concepto de la gente.
  • Puede. Pero si quisieras hacer daño ya lo hubieras hecho y no seguirías aquí conmigo aunque estés “algo” atado.
  • No sé cómo te soporto – masculló molesto de que tuviese parte de razón, ella sí parecía conocerle… ¿a caso sacaba lo mejor de él?
  • Porque soy un encanto – sonreí.
  • Deja que lo dude – enarcó una ceja y yo le di un golpecito en mitad del pecho.
  • ¡Ves! Tienes las manos muy largas – me dejo las muñecas atrapadas tras la espalda con una sola mano.
  • Más largas las tienen esas diablesas tuyas…
  • Sí pero las usaban para otras cosas mejores.
  • Si claro… ¿te queda algo por probar o alguna fantasía sin realizar?

Se quedo pensativo y luego negó con la cabeza.

  • Lo suponía – suspiré.

Algo cayó dentro del armario de la entrada y me levante, abrí la puerta y una caja acabo de desparramarse por el suelo, me agache y empecé a recoger el contenido devolviéndolo al interior de la caja hasta que mis manos se cerraron sobre una especie de cuaderno, lo abrí llevaba por la curiosidad. Mona Drake, era de mi madre, me levanté poniendo de nuevo la caja en el estante de donde no podía caer sola… y regrese al comedor con la vista fija en el librito. Si Aragorth me dijo algo ni le oí, me senté pase las primeras hojas y empecé a leer “Atravesar el portal del tiempo…” seguí un poco y lo cerré de golpe con los ojos como platos ¡Mi madre era bruja! Aragorth me cogió el diario de las manos y lo miro echando un vistazo.

  • A veces es el destino el que te persigue a ti… - me tendió de nuevo el libro.
  • Eso parece… - lo deje a mi lado.
  • Mona Drake…debí suponerlo ¿Por qué llevas otro apellido?
  • Mi madre nos los cambio, no me dijo porque – me encogí de hombros – Supongo que por protección. ¿Sabías quién era?
  • Sí… todos conocían a tu madre. Fue la gran bruja en mayúsculas, la reina de todas vosotras. Era temible… no había nada que ella no pudiese hacer, era muy poderosa… demasiado – se estremeció.
  • ¿Entonces como explicas que muriera? ¿Si es cierto, quién fue capaz de matarla? Y ¿Por qué?
  • Buena pregunta… - fijo una oscura mirada sobre mí.
  • ¡No, yo no hice nada! – me levante ofendida por la acusación.
  • Cierto, por lo que sólo se me ocurre una cosa ahora mismo…
  • ¿Qué? – volví a sentarme.
  • Que se sacrificase por algo, que se dejase matar.

Negué con la cabeza, mi madre adoraba la vida.

  • ¿O…?
  • No pronunciamos su nombre

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y volví a mirar el cuaderno, lo cogí y empecé a leer devorando cada palabra que se grababa a fuego en mi mente. Extendí la palma y pronuncie las palabras de un hechizo que me pareció sencillo y una llama se formo entre mis dedos, la mire y cerré la mano haciéndola desaparecer, entonces llegue al punto crítico “No usar jamás este conjuro hasta no dominar los elementos, es peligroso y destinado a brujas iniciadas de gran nivel”. Parpadeé y seguí con el resto de conjuros de los elementos, me resulto tan fácil… no podía entenderlo, una parte de mi mente se negaba a aceptarlo.

Aragorth me observaba en silencio. En unas horas ya me había aprendido todo el cuaderno que era más extenso de lo que parecía y lo miré aún aturdida, ni siquiera me sentía cansada como debería suponerse que sucedería después de hacer y probar todo lo que yo hice ¡cuando jamás había sido iniciada! y él lo sabía, por eso me miraba de aquel modo tan sombrío. Casi respetuoso y algo… ¿asustado e incomodo?

  • ¿No se supone que no debería ser capaz de hacer muchas de estas cosas?
  • No – murmuró tragando el nudo que tenía y se levantó mirando la rojiza luna que empezaba a asomar – Es más poderosa de lo que creía, más que su propia madre – pensó.
  • ¿Qué pasa? – me acerqué a él poniendo una mano en su hombro y sin saber por qué deslice mi otro brazo por su pecho y me pegue a su espalda apoyando la mejilla entre su omoplato y su hombro ya que había cambiado la mano del hombro a su cintura, él puso su propia mano sobre esta última mía.
  • Nada – murmuró
  • Te preocupa algo – miré su reflejo en la ventana. No dijo nada – Otra vez hay luna de sangre… - suspiré quedándome como suspendida en el aire cuando él se apartó un poco para girarse cara a mí.
  • ¿Has tenido algún sueño extraño donde te llame un hombre de largos y oscuros cabellos? – me sujeto por los hombros.
  • No ¿por?

Suspiró aliviado y vi como me examinaba de arriba abajo. Lo miré sin darle importancia y volví a recostarme en el sofá, él se fue un momento a la habitación y le oí coger su móvil.


Continuara...


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