1 de febrero de 2011

De vuelta a la Tierra .- Las Caras de Urd - Cap.2



  • Muy bonito, llegas a una Ciudad en perfecto estado y ya la desbarajustas- bromeó.
  • A mi no me hace ninguna gracia, casi la palmo ahí. Tan sólo poner un pie en el asfalto y pasa esto, suerte que al menos pudimos llegar al mostrador.
  • Urd- su voz sonó grave de repente, estaba serio y tenso- Si las cosas se ponen peor, regresa.
  • ¿Qué ha de pasar hombre?, no te preocupes- aún no había acabado de decir la frase que la comunicación se corto, no le di importancia y cuando alcé la vista a la carretera di un volantazo que casi me cuesta el despeñamiento por el barranco, y gracias a Dios que no había ningún otro vehículo en la carretera, una roca roja enorme se dirigía rápidamente hacía el frontal del coche, metí marcha atrás, giré el coche ciento ochenta grados y pise a fondo el acelerador dirigiéndome hacia el refugio que ofrecía el espeso bosque de árboles y palmeras. Pare el motor, cada vez se oían más zumbidos, llovían rocas candentes, no era un granizo normal y corriente, eran piedras enormes que cuando se estrellaban contra la ciudad provocaban explosiones e incendios por doquier, parecía el fin del mundo, el Apocalipsis, la iría de Dios desatada como en Sodoma y Gomorra, esto duro pocos minutos pero pareció una eternidad. Las sirenas volvían a sonar, y me pareció oír mi nombre en el viento, me estremecí. La ciudad estaba seriamente dañada y seguro habría muchas víctimas, intenté llamar a tío Akesh para ver si estaban bien, pero no había línea. Puse en marcha el coche y enfile por la estrecha y empinada carretera que llevaba al hotel, la verdad es que si no fuera por lo sucedido y por el humo que subía de la ciudad, habría una vista preciosa de toda la ciudad, de sus callejuelas estrechas, de sus contrastes tan marcados, de desiertos y bosques tupidos de palmeras y otra vegetación, del pequeño puerto de aguas oscuras iluminado tibiamente por las inconstantes luces anaranjadas de las farolas que parecían temblar aún del susto. Estaba anocheciendo y el resplandor de los pocos incendios que quedaban ensombrecían los millones estrellas que brillaban en el cielo, puse la radio para ver si decían alguna noticia, pero no se oía absolutamente nada. La pare, los barrios de casitas se diluían cada vez más, a medida que ascendía todo era más pequeño y apenas se veían ya los contrastesde lo moderno y lo antiguo hasta que desapareció por completo al tomar una curva.

Mi mente no cesaba de intentar buscar una explicación a lo sucedido, seguramente nadie entendía nada, pero lo que estaba claro era que nada más aterrizar en aquel país, habían empezado a suceder cosas extrañas, puse otra vez la radio ahora ya emitía y decían que las aguas del Nilo había bajado rojas de sangre y que las fuentes dejaron de manar agua durante cinco minutos, era como una psicosis colectiva.

Al llegar al hotel me quedé completamente aturdida, era una construcción impresionante, impecable, recubierto de cal bla

nca, mármol terroso y rosado, rodeado por un inmaculado bosque y presidido por una entrada de columnas y una fuente cristalina por donde el agua, brotaba llenado el aire con su relajante sonido, estaba rodeada de plantas y flores que desprendían un olor dulce, había jazmín, campanillas, africanas... era una mezcla deliciosa junto al olor especiado y a sudor de El Cairo.

Entré y pedí la llave de mi habitación cuando apareció el recepcionista claro, que me miró con recelo, no se sí por que era

una mujer o por mi aspecto, pero amable no era, parecía asustado, mejor dicho intimidado.

Para ir a las habitaciones había que subir por unas escaleras laterales exteriores, había dos, que se enlazaban sinuosas la una a la otra como dos serpientes bailando la danza del cortejo. El mármol pulido parecía arenoso, empecé a subir, el aire era fresco y parecía que reinaba una calma absoluta pese a lo ocurrido, las enredaderas y la hiedra trepaban selváticas entre las escaleras por las cuales por el centro caía una cascada de agua fría que se perdía en un lago rodeado de flores de todas las clases. La extensión de árboles era infinita, pronto alcancé el rellano, había dos habitaciones, una frente a la otra presididas por una entrada de arco indio, dejé las maletas dentro sin mirar la habitació

n y fui hasta el bar que poseía una terraza de madera y tejadillo de paja, era imposible describir la belle

za de aquel lugar, las columnas tenían forma de árboles y las vigas eran las ramas de denso follaje. Me senté en uno de los bancos de madera y miré alrededor, a lo lejos, en uno de los jardines se apercibía una construcción, parecía una góndola llena de flores, con bancos pero sus columnas de piedra gris eran de estilo maya o inca. Pedí un vaso de ron y me acerque hasta la terraza apoyándome en la barandilla, a lo lejos se divisaban las diminutas siluetas de las pirámides, majestuosos vestigios del pasado, magníficos colosos que presiden el paso del tiempo con total serenidad, cuantos secretos escondía esa tierra...


Las luces parpadeaban inquietas como estrellas titilantes envolviendo un amasijo de casas de arcilla tratada, me sorprendió el contraste que ofrecía la parte nueva de la ciudad, con esos edificios tan altos de cemento y cristal, rompían el encanto pesé a estar perfectamente armonizados entre las construcciones antiguas que se veían más resistentes que esas frágiles y suntuosas construcciones realizadas por ricos magnates mientras los demás morían de hambre o robaban para sobrevivir. Pero la verdad era que estaban exquisitamente realizadas, y llenas de jardines bien cuidados, pero lo que dominaba el paisaje era la dorada y fina arena del desierto que enterraba miles de eras bajo sus capas.



Por fin me sirvieron el ron, me lo bebí, la cabeza me bullía, seguramente en otras circunstancias hubiera hecho una descripción más hermosa y elaborada de las vistas que contemplaba pero...estaba extraña, y creía volver a oír aquella voz llamándome. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, apuré mi vaso y fui a la habitación. Esta era muy amplía, con una cama grande, el armario empotrado quedaba en la pared de la puerta, pues era cuadrada, al lado izquierdo de la cama había una mesita, y en la pared de enfrente más hacía un lado había un tocador de madera, todo era de madrea. La ventana que quedaba casi a los pies de la cama estaba entreabierta, el calor era agobiante y el sudor perlaba mi piel, quería ajustarla un poco y encender el ventilador pero me gustaba ver como la brisa mecía las transparentes cortinitas así que cogí una toalla y me dirigí al baño, estaba muy limpio, las tuberías de cobre resaltaban en aquel cuadro antiguo, abrí el grifo que hizo un ruido sordo y tras moverse a saltos empezó a escupir un líquido fangoso lleno de arena hasta que empezó a manar el agua limpia. Me metí dentro y dejé que el agua resbalara por mi piel, estaba fría y me relajaba, cerré los ojos y aspire el olor de l

as especies, la madera y las flores que se mezclaban con la arena pero cuando abrí los ojos estaba cubierta de un líquido rojo y viscoso, caliente, era sangre, estaba cubierta de sangre, teñida de rojo, salí de un salto de la ducha con un grito sordo y ahogado que se negaba a salir de mi cuerpo y me mire en el espejo, no había nada, estaba completamente limpia, la

s gotitas de cristal resbalaban por mi piel encharcando el suelo, cerré los ojos e intenté calmarme, seguramente lo habría imaginado, seguramente recordé las noticias y no era nada, empecé a secarme el pelo y cuando alcé el rostro al espejo una sombra negra cruzó la habitación en dirección a la ventana, me giré, no había nadie. Suspiré y me envolví en la toalla y juró que cuando miré el espejo, ahora empañado, ponía mi nombre que se alargaba por la acción del vapor hasta desaparecer. El corazón me iba a cien por hora, ¿me estaba volviendo loca o que? Salí del baño y cerré la puerta, no recordaba haber dejado ropa sobre la cama pero me puse las braguitas que ahí había y el escueto pijama de seda gris plata y me escurrí dentro de la cama como una niña chica.


Continuará...




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