15 de julio de 2010

Ghizele .- Quinta entrada

- ¿Me sigues?- le pregunté saliendo del portal con voz lo suficientemente alta como para que me oyera.

Ese día estaba más a la defensiva que nunca.

- Te vi desde la otra esquina- me dijo apartando un mechón de mi cara. ¿Qué haces aquí? Pareces algo triste - sonrió al ver mi expresión.

- Sí... echo de menos a los míos.

- A mí también me suele ocurrir así que vamos a animarte. ¿Vienes?

- ¿Adónde?

- Ya lo veras.

Me encogí de hombros y sin oponer resistencia le seguí, atravesamos todo un seguido de calles por las que nunca antes había pasado y finalmente nos metimos en un callejón sin salida. Naigel se acerco a una puerta de metal ennegrecido y picó. (Suerte que al menos te has arreglado pensé observando mi sugerente vestido de Prada y mis botas, la pulsera y el pañuelo a forma de collar en el cuello, ¡ah! Y mi cola de caballo)

Cuando la puerta se abrió entramos en un recinto enorme, apenas había luz pero estaba completamente vacío, al fondo tan sólo había otra puerta. Me cogió de la mano y la abrió, tras aquella puerta había otra sala enorme, de doble planta, estaba a reventar. De pronto noté como Naigel me tiraba de la mano e intenté seguirle por entre las olas de gente que lo engullían. Cuando salimos del montón subimos unas escaleras y arriba nos recibió la chica rubia con la que lo había visto, bueno lo recibió a él para ser concretos, después de esto nos dirigimos a los privados y nos sentamos en una mesa con velitas y me soltó.

¿Y bien, que te parece?- me preguntó por encima del ruido ensordecedor de la música con su melódica voz cristalina.

Esta muy bien- apenas me podía oír hablar.

Cuando tengo ganas de tener un poco de intimidad vengo aquí- comentó.

Asentí y eché un vistazo a la parte inferior, era una sensación increíble, era como estar por encima de todos, dominando el espectáculo. Poco a poco mis oídos se fueron acostumbrando a la música y ya no me parecía tan alta, pesé a mi sensibilidad ante los sonidos más imperceptibles.

Me sentía tan frágil en sus manos y tan poderosa a la vez que creía que no sería capaz de reaccionar. Era como si leyera en mí sin la necesidad de usar las palabras. Me asusté, y si veía aquello que no quería que viese, y si no le gustaba lo que descubría... no se, incluso tenía la sensación de que él... sabía quien era yo.

- ¿Dónde sueles pasar las noches? No te he visto en un local fijo – me dijo él.

- No suelo estar mucho tiempo en el mismo lugar. Me gusta recorrer los antros de esta ciudad, variar de gente... ya sabes.

- Sí, te entiendo. ¿Te puedo hacer una pregunta?

- Lo estás haciendo. Es broma. Dime.

- ¿Vives sola?

- Sí. – No sé a que venia esa pregunta.

- Nosotros no deberíamos vivir solos. Somos iguales.

- ¿Iguales? ¿Explícate?- clavé mis ojos en él sacándome la goma del pelo dejando que cayese libre por mis hombros descubiertos. Tenía el pelo largo, me llegaba por la cintura.

- Tú y yo no somos como los demás. Somos especiales.

Eso era cierto, no éramos como las demás personas; lo fuimos en algún momento, pero eso había cambiado. Ahora no éramos ni una cosa ni otra. Estábamos en un punto intermedio entre ese mundo y el que ahora dábamos como nuestro y aquello hizo que me entristeciera nuevamente, ya estaba cansada de intentar buscarle algún sentido a aquello, de buscar respuestas, de compadecerme o de fingir que no ocurría nada y hacer una vida normal como la que antes tenía. Quizás no había nada que entender, puede que simplemente fuera sobrevivir.

Yo no lo sabía, pues ¿quién era yo para juzgar lo que está bien y lo que está mal? Supongo que aún me aferraba a mi antigua vida o a no volver a ciertos momentos de la misma. De todas formas, ¿estaríamos hablando de lo mismo? Y lo más importante ¿qué sabría él? Desde luego había captado mi absoluta atención.

- ¿Por qué lo dices? – Le pregunté inocentemente.

- No sé tú, pero yo estoy algo cansado de esta vida, de la vida nocturna, de estar encerrado en una casa vieja, solo, esperando la noche para salir. El tener que alimentarme de inocentes almas que no nos entienden.

Baje la mirada y asentí sintiendo un vuelco en mi interior, casi no podía creer lo que me decía. Me alzó la barbilla y le sostuve la mirada durante un buen rato para luego desviarla de nuevo hacía la pista inferior cerrando los labios y dejando escapar un suspiro me dirigí a él.

- ¿Cómo lo sabías?- le pregunté medio recostándome en la barandilla que quedaba junto a la mesa.

Naigel me miró y guardó silencio durante un rato, parecía estar buscando las palabras adecuadas y tras haber recapacitado entrecerró los ojos para contestar.

- Por tus silencios, tus gestos, tus ojos, lo que no dices y sobretodo porque lo noto. Sé reconocer uno de los nuestros a kilómetros.

- Unos de los nuestros… - murmuré

Por un instante el tiempo se detuvo para nosotros dos. Me quede callada unos segundos, no sabía que decirle, ni como reaccionar. Él se había dado cuenta desde el primer momento y yo ni siquiera lo había sospechado tan sólo le había notado algo.

- Como vi que no te dabas cuenta decidí no decirte nada por el momento. Te esforzabas tanto por parecer normal que...

- Ya. Pues esta claro que no daba el pego.

- Venga Gizhele, no te molestes- comentó girándome la cara suavemente para obligarme a mirarle a los ojos.

- Me siento algo ridícula. ¿Cómo no quieres que me moleste? – Protesté.

- Pero si estabas deliciosa.

- ¡Oh vamos! Encima ríete – intenté refunfuñar cuando en realidad estaba riéndome.

Sonreí y me deshice de la mano que aún me asía de la mejilla y baje el rostro de manera que tan sólo se viera la luz de las velas brillar sobre mis ojos ahora fijos en él.

Mi secreto estaba descubierto.


Continuara...


1 comentario:

  1. Un asunto extraño, descubrir ahora que él es uno de los suyos, ¿cómo Ghizele no se había dado cuenta? ¿Cómo él lo había descubierto tan rápido?

    Veremos cómo decide seguir la cosa. Interesante.

    Besos

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