26 de julio de 2010

Ghizele .- Novena entrega

Preferí no preguntar y le seguí hasta el vestíbulo, ahí había un par de mujeres y un hombre que saludaron a Naigel con una inclinación de cabeza, ambas mujeres me cogieron y me llevaron al salón y empezaron a tomarme medidas.

- Tiene un cuerpo perfecto, le sentara muy bien cualquier vestido – dijo una.

- Ya vera, será la más bella de la fiesta.

- ¿vestido? ¿fiesta? – las mire descolocada.

Ambas se rieron y prosiguieron con su faena.

- Ojala nos hubieran invitado a nosotros – susurró una.

- ¡Lorelei! – la riñó la otra guardando silencio en el momento en que entraron Naigel y el otro hombre.

Una de las chicas se levanto y se dirigió hasta el hombre que le dijo algo al oído a esta y desapareció tras la puerta para regresar cargada con unas fundas para ropa.

- Bien procedamos.

Las chicas rieron y me desnudaron en un momento, me cubrí como pude intentando protestar y mire furiosa a Naigel.

- No tiene por que avergonzarse Señorita, a ver empecemos por el vestido rojo – dijo el hombre.

Empezaron a probarme vestidos de toda clase, a peinarme y maquillarme. Yo estaba que trinaba me sentía como una muñeca o una niña manipulada. Hasta que tras ponerme un esplendido vestido de color púrpura vaporoso de palabra de honor que realzaba delicadamente mis pechos y que marcaba el contorno de mi cuerpo se retiraron todos con caras de estupefacción, seguía en esa línea gótica que tan bien iba conmigo.

- ¿Qué pasa? – les pregunté.

- Magnifica. Parece increíble… - se limitó a decir él mientras las otras calladas me giraron y me pusieron al frente de una especie de espejo, pero sólo me veía a mi con un estupendo vestido.

- Eso será todo por hoy, gracias Sebastián – dijo Naigel y los despidió.

- ¿Me vas a explicar ahora a que viene todo este numerito?

- Estamos invitados al baile de mascaras que se celebrará en un par de días. Es importante.

- ¿Y se supone que debo asentir y no decir nada, verdad Naigel? – le mire enfadada y pase a su lado para volver arriba a la habitación pero me cogió del brazo.

- Gizhele, por favor. Confía en mí.

- No Naigel, no se en que andas metido ni que estas tramando… pero no me hace ninguna gracia – mire la mano con la que me cogía el brazo, él aflojo un poco los dedos – Suéltame – dije fríamente con la mirada desafiante y me dirigí a la escalera.

- Espera por favor.

Me alcanzó interrumpiéndome el paso.

- Te juro que te lo explicaré todo Gizhele pero ahora no. Es por tu bien ¿realmente no te fías? – dijo acariciándome la mejilla y la mirada dolida. Me desarmo.

- Esta bien… - suspire – pero tienes muchos secretos Naigel, demasiados.

Me aparte de él y me fui a la habitación y por supuesto no pensaba acatar la orden de quedarme allí encerrada, tenía que averiguar que pasaba.

Cuando salí a la calle la noche siguiente me dirigí a la biblioteca, allí se que guardaban todos los registros que habían estado archivados en los antiguos tribunales y que habían sido trasladados allí tras su incendio. No sabía exactamente que esperaba encontrar pero necesitaba hacerlo.

Cuando entre estaba completamente vacía, casi a oscuras de no ser por un par de lamparitas de cristal verde aceituna situadas en las mesas de madera que se hallaban distribuidas a lo largo de la sala las unas contra las otras separadas por filas de estanterías repletas de libros.

Tras una pequeña puerta salió la bibliotecaria algo sobresaltada, frunció el ceño y después de farfullar algo entre dientes y de escrutarme me pregunto que buscaba a esas horas de la noche. La mujer, entrada en años era recelosa de dejarme ver los archivos, pero finalmente tras un incomodo silencio que no parecía terminar nunca y de usar mis… recursos, me indico una trastienda al fondo de la biblioteca advirtiéndome de que si tardaba mas de una hora cerraría conmigo dentro.

La habitación daba a la parte posterior de la calle, justo frente al casco antiguo de la catedral, parecía estar fuera del tiempo, sus piedras marrones y la humedad se filtraban por todos sus poros, los callejones se retorcían irregulares perdiéndose alrededor de la inmensa catedral olvidada; todo aquel lugar olía a vejez, (Parecía estar en una dimensión paralela). Realmente eso no se ajustaba a ningún lugar real de Paris. Suspiré y miré la pila de cajones de metal correderos que poblaban la pared en toda su superficie de arriba a bajo.

Estiré el mango y uno de ellos se abrió con un crujido metálico que resonó en el vacío habitáculo. Saque todas las carpetas que pude y busqué donde poder mirarlos hasta que finalmente encontré una mesa enterrada bajo miles de amarillentos papeles.

Sacudí el polvo y aparte la silla para sentarme y hojeé las fichas que casi se rompían en mis manos al pasar las hojas medio chamuscadas con olor a moho y humo.

La luz anaranjada de la farola del callejón se filtraba a través de la ventana proyectando las alargadas formas de los barrotes en cruz sobre los archivadores. Apoyé la cabeza sobre mi mano y seguí leyendo las partidas de nacimiento.

Las llaves de la bibliotecaria tintinearon al otro lado de la biblioteca, estaba cerrando las puertas mientras acababa de arrastrar el carrito hacía los estantes donde debía devolver los libros. Giré sobre la silla y observe una caja con una etiqueta amarrilla, eran documentos de las iglesias, los cogí y busqué un referendo de todas las iglesias, capillas y templos registrados en Francia y luego cogí apresuradamente todos los expedientes que pude, pero con las prisas, uno de los libros que había apilados en la mesita cayó al suelo con un ruido sordo, me agaché y justo cuando lo iba a recoger vi lo que parecía un antiguo y gastado diario de viaje medió sepultado bajo uno de los armarios, lo estiré y lo acerqué a la luz leyendo su contenido, “Les Vampires”, le di la vuelta y en el margen izquierdo vi enmarcado en un circulo una extraña flor nocturna. La voz de la bibliotecaria resonó como un trueno y salí en un suspiro al callejón trasero sin darle tiempo a la mujer para que se diera cuenta de que ya no estaba allí llevándome conmigo todo lo que entró en mi gran bolso.

Una vez fuera me giré dando la espalda a la fachada de la biblioteca y miré la calle que se abría frente a mí. Era un angosto callejón, franqueado por altos muros a ambos lados, no se oía a nadie en kilómetros, colgué bien mi bolso sobre la espalda y avancé sobre los desgastados y húmedos adoquines, que crujían por el paso del tiempo moviéndose imperceptiblemente bajo mis ligeros pasos. El aire era frío pese a las altas temperaturas, allí no penetraba la luz del sol durante el día. Avanzaba despacio, contemplando aquel vestigio de siglos ya pasados, aquel lugar era como un sepulcro, y parecía esconder un terrible secreto bajo sus millares de piedras. Una ráfaga de viento me sacudió y yo aspire el frío aire que me reconfortaba y de nuevo, tuve la sensación de que estaba en un sueño o en otro lugar pues que yo supiera ese sitio, realmente no existían en esa ciudad.

Giré siguiendo la curva que trazaba la calzada y cruce bajo un puente de piedra que unía la catedral con el otro edificio de estilo feudal y seguí mi camino hasta que me pareció oír acercarse unos pasos en mi dirección. Me detuve, el corazón me latía con rapidez, de repente no escuche nada más pero sentí algo a mi espalda, me di la vuelta pero no había absolutamente nada, ni sombras, ni nada parecido. Me tranquilicé y al volverme frente a mi encontré a un hombre. Apenas le veía con claridad así que se acerco a la luz y me saludo con una elegante reverencia.

- Buenas noches mademoiselle.

Era un hombre increíblemente atractivo vestido en lino negro, sus cabellos, levemente ondulados, caían hasta sus pómulos haciendo resaltar su fino rostro de facciones marcadas, labios carnosos y ojos almendrados de brillo burlón.

- ¿No sabe que no debería andar sola por aquí? Este... es un lugar maldito.

- Entonces estoy en el lugar adecuado ¿y usted?

Sonrió malicioso y extendió su mano para indicarme que siguiera andando a su lado.

- ¿Dónde ha dejado a su compañero? Estoy seguro de que a Naigel no le hará gracia que esté merodeando por aquí.

- ¿Le conoce?- pregunte clavando mis ojos en él.

- Soy Basili Zaliery, madame. Es un placer conocerla por fin, Gizhele - sonrió y prosiguió andando echando un vistazo fugaz a mi abultado bolso.

- No sabe que remover el pasado a veces es peligroso, hay cosas… que es mejor dejar como están.

Sus expresiones eran serenas y su voz reposada denotaba cierta tristeza, rezumaba experiencia, educación y profería respeto. Sonrío satisfecho y volvió a mirar al frente. Sí, era muy astuto y peligroso, sin duda un vampiro antiguo.

- ¿Por qué lo dice, y de que me conoce?

- Cuantas preguntas… andemos – hizo un ademán con el brazo para que se lo agarrase pero preferí seguirle en silencio, giré la vista un momento y vi como poco a poco el camino se iba llenando de una espesa bruma blanca que serpenteaba resiguiendo la calle que dejábamos atrás, mientras, una fina lluvia empezaba a caer.

- Aún no a respondido a ninguna de mis preguntas señor – le miré de reojo.

- No eran las adecuadas.

- Yo creo que si.

- Ah, la impaciencia de los jóvenes ¿esta segura de querer saber? – me miro fijamente mientras andábamos.

- ¿Pero saber el que?

- Esa si es una buena pregunta macherie. – sonrió quedamente y levantó la vista al cielo y empezó a abrir la boca.

- ¡Gizhele!

La voz de Naigel me sobresalto, giré la cara rápidamente y vi como se acercaba hasta nosotros, estaba tan serio… se situó a mi lado y me paso la mano por la cintura. Sólo le faltaba enseñar los colmillos…

- Basili, ha pasado mucho tiempo.

- Si, casi una eternidad en este mar de tiempo. Estaba conversando con tu bellísima acompañante. No me extraña que no quieras soltarla…

- No lo dudo, debemos irnos ya – dijo añadiendo esto último más para mi que para su interlocutor – Gízhele adelántate un momento, enseguida te alcanzo.

- Claro – murmuré y echando un vistazo me dispuse a hacer lo que me había pedido muy a mi pesar, entonces Basili me agarró la mano con suavidad pero firme y me la beso.

- Un placer conocerla madame – se inclino a modo de reverencia quitándose el sombrero que llevaba.

Asentí y me adelante unos pasos intentando oír lo que decían.

- Déjala en paz Basili, no te acerques a ella.

- ¿De que tienes miedo Naigel? No voy a hacer nada.

- Si claro, no soy tan estúpido.

Basili rió divertido.

- Todos saben que esta aquí Naigel, la sienten. Quien ha de andarse con cuidado eres tú, yo haré lo que me plazca. Encantado de volver a verte querido. Espero que sepas lo que has hecho al traerla aquí, te has arriesgado demasiado, pero claro que se yo… – se giró para irse

- No olvides lo que te he dicho – volvió a increparle al vació.

Al poco Naigel llego junto a mí y me agarró de la mano con cierta violencia y empecé a intentar andar en pos de él.

-¿Qué ocurre? – le pregunte

- Nada, vamos – dijo secamente.

- ¡Naigel! – me solté de su mano y me pare en seco.

- Gizhele quieres hacer el favor de seguir andando.

- ¡No! No hasta que me digas que demonios te ocurre.

- No quiero que vayas por ahí sola, es peligroso. Creí que ayer quedo claro eso. ¡Nunca haces caso de lo que te dicen!

- Eso es ridículo, no soy una pertenencia Naigel, puedo hacer lo que quiera, no se si echarme a reír o gritarte ¿Por qué me tratas como a una niña?, ¿Quién me iba a hacer daño? Por favor – lo miré despectiva y pase a su lado andando con los brazos cruzados.

- Tú no lo entiendes…

- ¡Pues explícamelo y al igual lo entenderé! Si ese tipo no te gusta sólo tienes que decirlo, pero no hace falta que me arrastres por la calle. Te estas comportando de un modo muy extraño, por no decir infantil.

- ¡Vale!, no, no me gusta que este contigo y no es por que no me fíe de ti – se apresuro a añadir.

- Parece conocerte bien Naigel.

- Sí. Por favor Gízhele, confía en mí y no hagas más preguntas al respecto por favor. Ahora no – dijo llevándose una mano a la frente.

- Siempre me dices que me fíe de ti… pero ¿puedo hacerlo Naigel? – lo miré fijamente a los ojos – Ni siquiera sé si te conozco.

Se le veía tremendamente cansado y abatido así que con un suspiro cogí la mano que me tendía y exhale.

- Esta bien - respondí y nos dirigimos hacia casa mientras yo le daba vueltas a todo y trataba de ocultar no se por que, el contenido de mi engordado bolso hasta que de pronto Naigel se paro.

- Escucha cariño, vuelve sola, tengo que hacer una cosa antes de volver, casi lo había olvidado – me beso fugazmente y desapareció en la oscuridad dejándome ahí con cara de idiota, me encogí de hombros y seguí caminando.

Estaba inquieta, algo andaba mal y esta vez no era ni mi imaginación ni el encuentro interrumpido con Basili, del cual me quede con las ganas de saber que iba a decirme. Era algo distinto, no sabía si era humano o no pero alguien me seguía los pasos y cada vez estaba más cerca y se cernía sobre mí cortándome el paso. Me giré, no había nadie, pero al volverme repelí un golpe que iba directamente hacía mí, apenas me dio tiempo de ver que o quién me atacaba pues volvía a intentar agredirme.


Continuara...


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