12 de julio de 2010

Ghizele .- Cuarta entrega

- Hola, ¿qué tal?

- Hola Gizhele.

¿Cómo demonios sabía quién era?, Un poco más y me caigo de la silla, ¡jo! pues vaya con el anonimato...

- ¿Cómo sabes quién soy?

- Porque estoy detrás de ti.

Me quedé perpleja un minuto, no sabía si ponerme a reír o esconderme debajo de la mesa, ¡que mal! Me volví para ver quién era, tomé aire y acabé de girarme y ahí estaba.

- Vaya, hola - me levanté y me acerqué – No recordaba haberte dicho mí nombre- sonreí- Ayer... te vi.

- ¿A sí? ¿Dónde?

- En una cafetería, estabas con una chica rubia- dejé caer el comentario.

- ¿Una chica rubia?

- Al igual no eras tú, lo siento, me confundiría- dije encogiéndome de hombros si no me había percatado de su presencia en ese momento bien podría ser.

- No te confundes, sí que era yo.

- Ah... bueno...je, ¿Qué haces aquí?

- Vengo de tanto en tanto, en busca de nuevas amistades...

- Eso esta bien. Seguro que no te cuesta mucho conocer gente. ¿Puedo? – pregunté señalando el banco vació a su lado. Él asintió y me senté apartándome un mechón de la cara.

- La verdad es que no, hay muchas almas perdidas por ahí, y a mí me gusta hallarlas. Pero no suelen ser de mi gusto.

- Bueno, pues ya encontraras alguna.

- Creo que la he encontrado.

- Me alegro. En fin... - suspiré intentando sonreír como si nada, pero la sonrisa no me salía natural, no sabía que hacer ni que decir. (con lo bien que se me daba en el curro)

Se me estaba cayendo el techo encima, incluso ya me sabía de memoria todos los carteles del local incluso los de la calle y además empezaba a juguetear con la punta de mi coleta, nerviosa. Así que desvié la vista y la clavé en la pared ladeando la cabeza de forma que la cara me quedaba medio oculta entre los mechones que se escapaban.

Debía resultar ridícula ahí parada, toda callada y medio roja, suerte que al menos no llovía e iba seca. Bajé la mirada y esperé a... ¡No sé!, Que él no me tomará por una tonta, aunque, más bien deseé que en cierto modo él me sacará del apuro.


- Bueno. Voy… a dar una vuelta, me agobia estar mucho rato en el mismo lugar. ¿Te apetece venir?- le pregunté finalmente.


Desde luego estaba bastante desentrenada. Así que si quería conseguir algo ya podía irme poniendo las pilas.


- Me gustaría pero no tengo mucho tiempo. Tengo unos asuntos que resolver...

- Ah... en otra ocasión entonces- sonreí, levantándome.


Parecía que la naturalidad iba volviendo a mí poco a poco, y me dije a mi misma que al menos lo había intentado. No aparté mi mirada de él. Naigel miró el reloj y luego clavó sus infinitos ojos en los míos. Parecían inmensas llamaradas azules; me estremecí, era como si con sólo una mirada él obtuviera el control de todo mi cuerpo.


- Claro. Anda vamos- respondió finalmente y salí del local seguida por él sin decir nada; sólo anduve.

Al cabo de un rato le miré, buscaba que decir pero preferí seguir callada, tan solo observándole. Lo malo era que no quería incomodarle con eso, pero no podía evitarlo, así que dejé que me alcanzará y seguí su paso. De pronto sonrió y continuó andando tranquilamente.


- No me molesta- me dijo.

- ¿El que? – Pregunté un pelín desconcertada.

- Que me mires fijamente.


Sonreí aliviada y dejé que todo siguiera su curso.


- Me parece que no tenemos mucho que decir...

- A veces es mejor así.

- Sí, supongo. No dices tantas tonterías.

- No creo que tú digas muchas.

- Te sorprenderías – reí – últimamente parece que no hago otra cosa.

- Nunca se sabe - comentó misterioso.

- Ya ¿sabes? Me desconciertas – le dije mirándole de nuevo con las manos en la espalda – No me cuesta hablar con la gente pero contigo… uf, eres difícil.

- ¿Yo? – se extraño – Vaya… es la primera vez que me dicen algo así.

- ¡No! A ver, no me entiendas mal… ¡ves!, me pones nerviosa y no sé lo que digo - reí


Él sonrió y cruzamos la calle metiéndonos por el parque, se estaba bien y la lluvia del día anterior había refrescado el ambiente, limpiándolo todo y dejando así que los árboles mostraran un color verde brillante.

El tiempo se me pasó volando, parece mentira como nos olvidamos de todo cuando nos sentimos a gusto, estando con él no pensaba en nada, vivía el momento y le daba un respiro a mí atormentada cabeza.

Había algo en él que no sabría definir por mucho que lo intentará. No sé, incluso tenía la sensación de que él... comprendía lo que me sucedía, que también era distinto. No podía llegar a él ni comprenderle como a los demás.

Seguramente tendría que irse pronto y yo tendría que volver a casa, además, empezaba a tener hambre pero apenas lo notaba, estaba demasiado bien como para preocuparme por eso. Además, poco a poco empezamos a hablar como si nos conociésemos de siempre. Jamás había hablado así con nadie.

Seguimos andando un buen rato antes de que Naigel se marchara, de lo que hablamos saque lo suficiente para confirmar mis sospechas, definitivamente tenía algo distinto a los demás y aquello aún despertaba más mi curiosidad, por no decir otras cosas. Ese chico era un misterio y me encantaba. De todas formas nos lo pasamos muy bien y yo... estaba feliz.


Aquella noche me costó dormirme, estaba muy inquieta pero el cansancio acabó pasando cuentas.

Desperté, estaba sola y corría por los grises y húmedos callejones como alma que lleva el diablo; hacía frío y detrás oía pisadas que se acercaban cerrándose sobre mí. Doblé la esquina y me detuve. Una mujer andaba con dificultad hacía una antigua y vieja capilla románica; la seguí, iba envuelta en una larga capa oscura a modo de abrigo, subió la escalinata y se adentró en la oscuridad sujetándose en las paredes. La puerta de entrada era de madera negra, bastante amplia, la cruce y me mantuve a cierta distancia. Ella, seguía avanzando sujetándose el vientre.

Miré el lugar, no se parecía en nada a una iglesia normal, el exterior era de piedra, pero el interior tenía rasgos celtas y otros góticos e incluso reminiscencias latinas. Quizás la habían ido reformando con los años, de todas formas había algo extraño en ella, inquietante y acogedor a la vez. Me sentía como... en casa. La planta estaba distribuida en dos niveles separados por una escalera ancha de tres peldaños y una arcada. Al fondo, se veía el absis, las paredes, ennegrecidas por el paso del tiempo y el humo no dejaban ver los frescos que antaño las habían recubierto (debió de haber habido un incendio bastante grave). El centro del habitáculo estaba presidido por un altar esculpido en piedra, me estremecí, no podía distinguir que eran esas figuras pero la mujer, exhausta, se tumbo en él.

La capucha resbaló de su cabeza dejando ver su rostro, me faltó el aire, un dolor agudo y punzante me atravesó el pecho, me resultaba tan familiar y ese olor... quizás por eso la había seguido, por que había algo en ella que me llamaba.

El sudor le perlaba la piel y su cara contraída mostraba dolor. Estaba embarazada, iba a tenerlo ahí mismo. Todo fue muy rápido, demasiado para ser real y al poco el llanto de la niña resonó por todo el edificio. Estaba paralizada, no podía ni respirar y todo mi ser temblaba.

A continuación, la mujer, se levantó cayendo al suelo, apenas tenía fuerzas pero volvió a levantarse y se alejo, ¡la abandonaba! y en ese momento la odie, la odie como hacía tiempo lo había hecho, trate de gritar, golpearla, pero no me oía, era como golpear el aire mientras me desgarraba.

Luego paso junto a mí, sus rizos negros enmarcaban su fino rostro de marfil y se desvaneció. Era como si yo no estuviera ahí, como si fuera una simple espectadora. Mi corazón se acelero, ¡Dios mío!, Se parecía tanto a… mí.

El bebé seguía llorando, manchado y con restos de su madre, apenas podía abrir los ojos, pero no tardo en callarse, era como si estuviera tranquila o resignada, no lo sé, era extraño; por un momento pensé que ella sabía lo que sucedía, que dependía tan sólo de ella. Estaba sola en este mundo.

Estaba intranquila, sentía que había alguien más ahí, y las velas rojas y negras que había alrededor de un gravado en el suelo envolviendo el altar no ayudaban demasiado a crear buen ambiente, las llamas parpadearon y fue entonces cuando lo oí. Volví la vista hacía la criatura, junto a ella había dos hombres, pálidos y realmente bellos como ángeles custodios.


- Será muy hermosa- comentó uno de ellos cogiéndola en brazos sonriendo al ver que la pequeña enredaba sus menudos dedos entre sus largos cabellos negros como la noche. Y la niña... era como él. – Mi niña – susurro abrazándola con amor.


El otro era menos fino, más salvaje, su cuerpo estaba más formado. La camisa blanca entreabierta mostraba unos pectorales fuertes y era tanto o más atractivo que el otro. Su cabello era más corto, medio ondulado y más claro, pero ambos tenían rostro de ángel, con carnosos labios rojos y unos ojos tan profundos que eran como dagas.


- Lo será. ¿Pero que vas a hacer con ella? Es una niña, ahora no pertenece a ningún sitio. Tú no puedes hacerte cargo de ella.

- Sé donde llevarla- suspiró- Allí la cuidaran bien, hasta que llegué el momento. Y tú no puedes ni imaginar lo que llega a doler esto – lo miró frunciendo el ceño, su rostro mostraba un profundo dolor y en ese instante era como si mi propio corazón se partiera en miles de añicos.

- ¿Qué hay de la madre?, Ya lo has visto-murmuró- jamás lo hubiese imaginado…

- Ella ya se ha condenado.

- ¿A causa de quién, eh?

- ¡Oh, vamos!, No empieces tú ahora, ya tenía su destino marcado. Como ella, creíste que la amaría y la cuidaría, pero.... te equivocaste- espetó girando la muñeca de la criatura mostrándole la cruz de la vida.

De pronto estaba en la calle, el sonido de una campanilla retumbaba en mis oídos. Me hallaba frente a una gran puerta negra con siete arcadas, y en el suelo, frente a ella estaba la niña metida en un capazo y en su mano sostenía una cadena de plata con un sello. Una G rodeada por un dragón e instintivamente me lleve la mano al cuello y acaricie mi colgante. La puerta se abrió y no vi nada más.

Volvía a correr, me pare a mitad del callejón, no tenía miedo, me volví y miré la entrada dispuesta a enfrentarme a algo como siempre lo había hecho, jamás había huido. Noté una punzada, y lo último que vi fue una figura vestida con un abrigo largo y oscuro, el corazón se me desbocó, todo era rojo.

Cuando abrí los ojos seguía sola en mi cama, me arrebuje, quería llorar y no podía, sólo lo había soñado pero me sentía tan... perdida.

Cuando salí a la calle volví a notar aquella presencia. Sí, no había duda, alguien me seguía, me observaba como un cazador a su presa y además aún tenía aquel sueño en la mente. Apresuré el paso, llegué a la calle principal y luego me serené. La verdad es que no tenía ningún miedo pero quería saber quién demonios era así que me oculte en el primer portal que encontré con un movimiento demasiado rápido para que nadie lo percibiera y... Cual fue mi sorpresa cuando vi pasar a la persona que supuestamente me seguía. Era Naigel.

Continuara...

1 comentario:

  1. Felicitaciones por este capítulo, me has mantenido intrigada hasta el final, que me topé con el CONTINUARÁ sorpresivamente.
    Ahora ya comprendo la vida pasada de Ghizele, sus orígenes, su personalidad torturada; una experiencia sin duda traumática y que aún ahora en la madurez sigue torturándola.
    Me intriga la identidad de los dos hombres que la rescataron de una muerte casi segura...
    Te felicito por la elección de las imágenes, siempre resulta complicado pero en tu caso siempre sales victoriosa.
    Nos leemos

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